Deus ex machina
Cine
Deus ex machina
Deux ex machina es un recurso que nace y es muy común en el teatro griego del siglo V a.C.. Lo vemos en alguna obra de Esquilo y de Sófocles, pero quien termina de imponerlo es Eurípides (ca. 480 a.C.- 406 a-C.), utilizándolo en gran cantidad de puestas en escena.
Deus ex machina, originalmente, es el recurso de resolver una trama con la intervención divina. Esa intervención es sorpresiva, sin que haya habido ningún indicio en la trama que eso podía suceder.
En aquel antiguo teatro griego, cuando los protagonistas se encuentran perdidos, a último momento aparece la divinidad salvándolos y solucionando la trama. Como esa divinidad desciende al escenario gracias a un juego de poleas (una maquinaria), al recurso le queda el nombre Deus ex machina, que significa algo así como “Dios de la máquina”.
Desde aquel teatro de la Antigüedad hasta hoy el recurso perdura, pero no ya únicamente como una solución narrativa protagonizada por un dios. Ahora, Deus ex machina es la solución narrativa que llega sorpresivamente, no por el desarrollo lógico de la historia: puede llegar por casualidad, por un golpe de suerte, por algo que el espectador no sabía hasta ese momento. Es una solución que se inserta “caprichosamente” en la historia.
La condición necesaria del Deus ex machina es que tiene que provenir de fuera de la trama. Ya sea un evento o un personaje el que impulsa esa solución “milagrosa”, tiene que llegar inesperadamente, no haber aparecido antes o no haber dado ingún indicio de que podía aparecer al final.
Un ejemplo de este recurso lo tenemos en La guerra de los mundos, de H.G. Wells, llevada al cine por Spielberg en 2005: los extraterrestres están conquistando de manera irremediable nuestro planeta, hasta que la salvación llega cuando los invasores se desploman y mueren de golpe, víctimas de las bacterias que hay en el aire terrestre.
Otro ejemplo muy conocido es el de la novela El señor de las moscas, de William Golding, llevada al cine en 1963 y 1990: cuando Ralph llega a la playa y cae sobre la arena, a punto de ser asesinado por los otro niños que han naufragado con él y se han vuelto brutales e inhumanos, justo se topa con un oficial de la marina que ha visto humo y ha desembarcado para ver si alguien estaba en problemas.
O tenemos el ejemplo de El Señor de los Anillos, el retorno del Rey (Peter Jackson, 2004): cuando Sam y Frodo están a punto de morir rodeados por un mar de lava, el Deus ex machina que desciende del cielo inesperadamente para salvarlos es Gandalf con una bandada de águilas enormes.
Si bien la utilización de este recurso puede resultar a veces poético y otras veces dar fuerza dramática al final por el efecto de la sorpresa (reconozcamos que la intervención divina, la del destino o la de la suerte suelen ser espectaculares y/o poéticas), su utilización no es tan sencilla porque, justamente, puede ser considerada una solución demasiado simplista. La utilización del Deus ex machina puede ser imponente pero al mismo tiempo puede decepcionar al espectador. Puede volverse en contra del guionista, y éste ser acusado de utilizar el recurso como la solución a no tener una solución.
Es que a veces la trama se vuelve tan complicada que es imposible que se resuelva por sí sola, por la lógica que desencadenan los hechos. Entonces hay que pedir un milagro.
Y ahí es donde no debemos olvidar que el cine es justamente eso: magia. Definitivamente, más emoción que razón. Y en tanto espectadores, reconozcamos que lo que amamos del cine por sobre todas las cosas es su magia.
Imagen: El señor de las moscas (Peter Brook, 1963)
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