Lawrence Alma-Tadema.

The women of Amphissa, by Lawrence Alma-Tadema

Cuadros fundamentales para entender la historia de la Pintura.

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Las mujeres de Amphissa (1887). Lawrence Alma-Tadema.
Óleo sobre tela. 122 cm x 183 cm.
Colección privada.

 

Estamos en el Reino Unido, en el momento de la supremacía imperialista británica, la era de la Reina Victoria (por eso a la pintura de la época se la denomina “victoriana”). Es un momento de esplendor en que el “progreso” está cambiando el mundo. Un progreso que el arte rechaza para refugiarse en un pasado idealizado, soñado.

Los artistas victorianos pintan con nostalgia por épocas lejanas, condimentadas con imaginación y colorido. Es un escape del gris de la Revolución Industrial, del materialismo que genera tanta riqueza como miseria, de la fealdad del mundo moderno.

Lawrence Alma-Tadema reconstruye escenas de la Antigüedad Clásica, con cuidadoso detalle de la arquitectura y virtuosismo para reproducir las texturas (como la del mármol). A esos “decorados” les agrega colorido, lujo, muchas flores y mujeres hermosas.

El mundo de Alma-Tadema es un mundo más bien femenino, sensual, con sus protagonistas poseedoras de un aire victoriano en su serenidad, en sus gestos imperturbables.

Mundos femeninos y refinados, como el de Las mujeres de Amphissa, una ciudad de la Antigüedad, donde cada año las adoradoras de Baco (las “bacantes”) celebran rituales de fertilidad.

En esos rituales, las doncellas suben en procesión a un monte solitario y durante unos días, sin contacto con hombre alguno, se lanzan a un desenfreno de bebida, alucinógenos y mística, incluso pasando noches enteras bailando desnudas. Rituales que simbolizan el hacer el amor con los dioses.

Esta escena representa un episodio en el que, como hay un ejército en las cercanías de la ciudad, las mujeres del lugar velan por las bacantes para que éstas no sean raptadas o violadas durante su sueño.

Alma-Tadema y sus contemporáneos británicos añoran un mundo que ya no es. Pero ese mundo “que ya no es” en realidad nunca fue, y sólo existe en su exquisita imaginación.

Y ésa es la mayor virtud de todo artista: la de crear su propio universo.

 

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La Cofradía Prerrafaelista.

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